El Barcelona se lleva un sofocn en el inicio de su nueva era

  • Opinión El Barça sigue siendo un desastre, por Julián Ruiz

El Barcelona se llevó un buen sofocón en el amanecer de su nueva era. Tan nervioso como impreciso, tan insistente como inocente, el equipo de Xavi Hernández no supo cómo tumbar al Rayo, viejo tormento. Ni siquiera bastó a los azulgrana con un frenético último tramo comandado por el repudiado De Jong en el que Robert Lewandowski, nuevo futbolista franquicia, no logró enfocar la portería, y a Kessié, otro de los nuevos, le anularon el gol redentor por fuera de juego. La misma suerte corrió Falcao en el 95. Ni siquiera los ocho minutos agregados ofrecieron alivio alguno a este Barça en el que Busquets acabó expulsado.

LaLiga necesita que el Barcelona deje de ser un club moribundo. Porque esto, no lo olvidemos, es una industria que niega al pequeño y se nutre del grande. El Barça, aunque sea vendiendo su armazón -un día a un fondo, otro a una empresa de criptomonedas, y el siguiente a Jaume Roures-, necesita ser competitivo porque el fútbol no permite el fracaso y la cuenta de resultados tampoco crece sin goles. Y el hincha, quizá la última reserva romántica de este deporte, sólo quiere un cosquilleo, volver a ilusionarse con un equipo que, al menos, le permita escapar durante un rato de esa cadena de montaje de desdichas que es la vida.

Por eso el Camp Nou, con el nombre comercial de Spotify ya clavado en el espinazo, presentó una formidable entrada. Los seguidores, con las camisetas empapadas de sudor en un estadio que por momentos sublimó los calores del infierno de Dante, insinuaron que los tiempos de deserción quizá queden atrás. Ante semejante amontonamiento de fichajes -Lewandowski, Raphinha y Christensen ya fueron titulares frente al Rayo, con Kessié saliendo al final y Koundé pendiente de que lo inscriban- al aficionado no le queda otra que confiar en un tiempo mejor.

Escasa armonía

Pero en el fútbol no acostumbran a triunfar un puñado de buenas piezas si éstas no se entienden y se mueven en armonía. Y a este Barcelona aún nadie le ha cortado el cordón umbilical que le ata a su pasado más reciente.

De ahí que el Rayo Vallecano, el mismo equipo maduro, compacto y valiente que Iraola llevó a la pasada semifinal de la Copa del Rey, arrastrara a los azulgrana al límite de la cordura. Isi Palazón continúa caracoleando con la cabeza clavada al suelo, Álvaro García sigue siendo un puñal por la orilla derecha, y pocos como Óscar Trejo para desquiciar al mediocentro con su juego canchero. No debía sorprender el desempeño del Rayo ante los últimos precedentes: la temporada pasada, Ronald Koeman fue despedido tras una caída en Vallecas y Xavi también perdió su partido en el Camp Nou. La ocasión más clara del primer acto, de hecho, la tuvo en el añadido Álvaro García, goleador en su última visita. El extremo, antes de toparse con el manotazo de Ter Stegen, había dejado sentado al atribulado Araujo. Y aquí una de las primeras disfunciones de este nuevo Barcelona en el que Xavi, en su idea de encajar a los centrales y quedarse con los que mejor sacan el balón, condena al uruguayo al lateral derecho. Araujo encuentra ahí un agujero negro del que le cuesta escapar.

Pese a tener a Pedri y Gavi en sus filas -ambos sustituidos cuando el equipo estaba con el agua al cuello-, fue el Barcelona un equipo de extremos. Con todo lo que ello conlleva cuando uno de ellos es Dembélé, tan imprevisible para el rival como para el compañero, y Raphinha, a quien su ansia por gustar le jugó una mala pasada en su estreno oficial. Dembélé y Raphinha ensayaban una y otra vez su plan preconcebido: encarar uno la línea de fondo, y esperar el otro en la frontal para rematar. Pero aquello no salía.

Urgencias

Lewandowski descubrió demasiado pronto las urgencias del Barça. Se hartó a crear espacios sacando de su posición al central Catena, pero ya no sabía qué más hacer para que alguien le ofreciera un balón en condiciones. El delantero polaco había amanecido marcando un gol en fuera de juego, demostrando que muy poco podría bastarle para abrir el partido. Pero no había manera. Así que el Barcelona tenía que comenzar a lamentar situaciones, como un penalti negado a Raphinha tras un claro contracto de Fran García -aunque el brasileño pareció partir desde posición de fuera de juego-, o un disparo de Pedri desde el balcón.

La inquietud en el Camp Nou no podía más que crecer, sobre todo después de que Christensen llegara a tiempo para que Camello no sorteara a Ter Stegen. El meta alemán, de hecho, evitó el gol de Salvi en el 95 antes de que Falcao coronara en fuera de juego.

Pretende Xavi que el resultado, al menos ahora, sea más importante que el juego. No consiguió lo primero y quedó muy lejos de lo segundo. Los ataques por oleadas del crepúsculo (el equipo azulgrana concluyó con 21 remates) sólo remitieron a un Barcelona impotente. Un Barcelona que no se ha ido.

“Es un error hacer las cosas con demasiada facilidad”, dejó escrito H. G. Wells en La Máquina del Tiempo. Aunque vivir en la dificultad tampoco ofrece consuelo alguno.

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