Balde, El Nio Que Corra Como Un Rayo: Un Locutorio, Un Baln Y Un Sueo

El desconcertante sol de octubre calienta la verja que protege la escuela pública Els Porxos, encajada en los márgenes de la Barcelona invisible. Allí cuelgan unos cuantos carteles: «Inclusión con recursos», «Más inversión en educación», «Reducción de ratios». A la izquierda, las puertas del centro de Servicios Sociales del distrito de Sant Martí de Barcelona están cerradas. Son las cinco de la tarde de un día laborable. Y enfrente, una plaza dura.

«Aún recuerdo a aquel niño correr por aquí. Alejandro Balde se llamaba. Siempre con la pelota. Siempre con su hermano mayor». Y Janet, una dominicana que apura su partida de dominó en la terraza de un bar, manda callar a uno de los parroquianos: «Sus padres [Gledys, también de la República Dominicana, y Saliou, de Guinea-Bisáu] tuvieron hace años un locutorio justo ahí, en la plaza. Y siguen haciendo vida de barrio. Pregunte».

Ni siquiera el fútbol, tan dado a negar la memoria, ha logrado borrar el rastro barrial de Alejandro Balde (Barcelona, 2003), una de las grandes esperanzas de La Masia, representado por el totémico Jorge Mendes, y con aspiraciones a tener un papel relevante en el equipo de Xavi Hernández.

«La familia era humilde de verdad. Muchas veces ni siquiera nos podían pagar las cuotas del club. Ni la de Edy, su hermano, ni la de Alejandro. Pero yo les decía que no se preocuparan. Ellos vivían como podían. Tenían el locutorio. Siempre hablaba con su madre, dominicana como mi mujer. Estaba siempre encima de sus hijos», recuerda Gori Peralta, entonces coordinador de base y ahora presidente del Sant Gabriel. «A los fenómenos, si tienen la cabeza amueblada, ya los ves venir. Y el niño era rápido como el rayo. Lo hacía todo él. Era tan bueno que tenía que jugar solo», continúa Peralta, que no dudó en ofrecerlo al Barcelona como pre-benjamín. «Pero en el Barça me dijeron que no lo veían. No les interesó, y se lo llevó el Espanyol. Pero a los cinco meses ya me estaban llamando otra vez para decirme que hiciera todo lo posible para mandarlo con ellos. El niño, así, fichó por el Barça. Pero no les hice firmar un papel conforme yo lo posibilité. Y perdí 30.000 euros para el Sant Gabriel. Terrible».

Carles Martínez Novell fue uno de sus primeros entrenadores en el Barça. Le instruyó en el Infantil A y el Cadete A. «Siempre fue muy sobrado en cuanto a condiciones físicas. Muy rápido, muy fuerte, muy atlético y con muy buena técnica. Aunque con aspectos defensivos a mejorar, no por no saber hacerlo, sino porque nunca había necesitado ser pulcro en ello», apunta el técnico, que matiza: «Pero Balde se ha dado cuenta de que, cuando quiere, es un muy buen defensor. Si pienso en algún jugador que pueda parar a Vinicius es alguien tan rápido como él».

“Muy buen corazón”

Si había algo que a Martínez Novell no le preocupaba era la vida más allá de los campos de entrenamiento: “Conozco a su familia y tienen muy buen corazón. Sus padres quieren mucho a Alejandro. El entorno, pese a ser humilde, siempre fue muy favorable por el cariño que le proporcionaron y las ganas de intentar darle lo mejor. Sus padres nunca le hicieron creer más de lo que es”.

Uno de los grandes amigos de Balde en La Masia fue Saïdouh Bah, cedido ahora en el Olot por el Barça. Estudiaron, entrenaron, jugaron y soñaron juntos desde los siete años. Primero, en régimen de media pensión en La Masia; después, ya en Juveniles, compartiendo noches en la residencia. “Aún recuerdo las fotos que nos hacíamos en la puerta cada vez que teníamos ropa nueva”. Suspira. «El primer equipo lo veíamos tan lejano… Sólo podíamos pensar en si el año siguiente aún seguiríamos aquí. Era difícil. Ahora lo veo ahí, en el Barça, y no ha cambiado. Aún hablamos y nos reímos juntos. Dice mucho de su humildad».

«No hay más que ver cómo se comporta en el campo. Es responsable, maduro, sin aires de nada. Ni hace aspavientos, ni pierde la disciplina», interviene Xavi Martín, ex director de La Masia.

En el camino desde la plaza de los Porxos hacia el barrio de La Verneda i La Pau, Marisol, dominicana, se toma un descanso en su peluquería. Abre una lata y da un sorbo al refresco: «La madre de Alejandro también fue empleada del hogar. Vino el sábado a cortarse aquí el pelo. A ella le gusta cómo se lo hago. ¿Por qué iba a cambiar ahora? Es muy humilde. En esta vida no puedes menospreciar a nadie, salga de donde salga. Ni mucho menos a quienes trabajamos. Y soñamos». Marisol cierra los ojos.

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